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MERCADOS Y PSICOLOGÍA

Aunque los seres humanos presumimos de racionalidad, buena parte de nuestras decisiones vienen dictadas por nuestras emociones y sentimientos. Una de las decisiones más importantes que tomamos en nuestra vida, el matrimonio, se toma por motivos sentimentales -al menos, en la mayoría de los casos-.

En cuestión de mercados, y aunque parezca mentira, los sentimientos juegan un papel muy importante en la toma de decisiones. Por desgracia, suelen incitarnos a tomar decisiones erróneas. Y no sólo en el caso de los inversores no profesionales; he visto, como semana tras semana, un excelente analista, invertido en una materia prima, defendía la idoneidad de mantenerse invertido en esa materia prima a pesar de que la tendencia que tenía era claramente bajista y la situación económica no invitaba a apostar por esa inversión. Y, por favor, recuerden: estoy hablando de una persona muy profesional a quien he calificado de excelente analista. Y, por si les queda alguna duda, añadiré que me parece que esa persona tiene más experiencia y conocimientos que quien escribe este breve artículo.

Vamos a poner el ejemplo más típico de cómo afecta la psicología a la toma de decisiones en los mercados. Analizaremos cuatro fases de un mercado de valores, y cómo funciona la psicología de los inversores en cada una de ellas.

Fase 1: El mercado se ha hundido. Aunque en ese momento nadie lo sabe, el mercado ha tocado suelo -o, si se prefiere, ha tocado fondo-. En esta fase se produce lo que suele llamarse "capitulación", es decir, los pequeños inversores venden todas sus acciones y renuncian a seguir en el mercado. En cambio, la mayoría de los inversores profesionales ya llevan comprando algún tiempo -y seguirán comprando en un futuro. Es un momento en que muchas compañías de gran calidad cotizan a precios muy atractivos.

Fase 2: El mercado sube espectacularmente. Los inversores profesionales suelen comprar en este momento -si no habían comprado antes-, pero los pequeños inversores desconfían de esta subida ("es un rebote puntual, esto va a seguir cayendo"), sin darse cuenta de que la bolsa suele moverse anticipando en seis o nueve meses los movimientos de la economía; a veces, incluso más.

Fase 3: El mercado sigue subiendo, aunque la subida ya no es tan espectacular como en la fase 2. En este momento, cuando todo el mundo tiene claro que la crisis ha pasado, es cuando entra el inversor minorista. Que se ha perdido la mayor parte de la subida, por el miedo y el resquemor "acumulado" en las fases anteriores. Algunas compañías siguen cotizando a precios atractivos, pero la mayoría de ellas no. Muchas compañías cuyos fundamentales (para entendernos, los datos que indican el auténtico valor de la compañía) son malos, cotizan a precios muy altos.

Fase 4: El mercado empieza a caer. Dependiendo de la gravedad de la crisis, la caída puede ser más o menos pronunciada. En esta fase, los inversores profesionales ya suelen haber liquidado buena parte de sus posiciones. En cambio, los pequeños inversores, que se han perdido la mayor parte de la subida anterior, se resisten a vender sus acciones, temerosos de perderse "el resto de la subida", y asegurando que "esta vez es diferente" -de paso, cuando oigan esta expresión salgan corriendo; aunque la diga un Premio Nobel-.

Y volvemos a la fase 1, y el ciclo vuelve a empezar.



Fíjense en las tres palabras al final del enlace: "fear-and-greed". Miedo y avaricia, para los que no dominen el Inglés. En esta página hay un indicador que mide, según determinados parámetros, el estado anímico de los inversores. Cuando está en cero -o muy bajo- la bolsa está en mínimos y la situación se califica de "miedo extremo". Y cuando está en máximos, la bolsa suele estar en máximos, y la situación se califica de "avaricia extrema". Es un indicador creado por y para profesionales, y utiliza las palabras miedo y avaricia.


¿Hay alguna manera de huir de esta dictadura de las emociones y sentimientos, que nos hace tomar decisiones erróneas?. Difícilmente. Puede argumentarse que la adopción de unas pautas claras de entrada y salida de los mercados es vital para evitarla. El problema es que la situación económica – y, por tanto, de los mercados – cambia con mucha frecuencia. Aunque se trate de pequeños matices, siempre hay cambios. Y esos cambios nos fuerzan a revaluar la situación. Y ahí vuelven a entrar nuestros sentimientos y emociones, que sin que nos cercioremos, nos influyen y nos hacen tomar decisiones erróneas, a no ser que nos aferremos con firmeza a pautas de entrada y salida.

En último término, sólo el aprendizaje, la experiencia, la profesionalidad y la adopción de pautas muy estrictas pueden evitar que caigamos en las trampas que nuestras propias emociones y sentimientos nos tienden.





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